viernes, 27 de diciembre de 2024

Corriente filosófica del estoicismo clásico

La escuela estoica fundada por Zenón de Citio en el siglo IV antes de Cristo, es una de las escuelas helenísticas más conocidas, puesto que su influencia marcó profundamente al Imperio romano y le dio figuras tan relevantes como el filósofo Séneca o Marco Aurelio, el emperador filósofo. La clave de este éxito debemos buscarla en la importancia otorgada a la virtud como base de toda su ética, algo que encajaba a la perfección con el austero y marcial mundo romano. Sin embargo, el estoicismo también influyó en el cristianismo o, mejor dicho, ambas corrientes encontraron puntos de encuentro, especialmente en la idea de la sumisión total a los designios de la divinidad, una ley universal contra la que el ser humano nada tenía que hacer excepto resignarse y aceptar. Por último, podríamos considerar al estoicismo la escuela de filosofía helenística más influyente en el mundo antiguo y también en el moderno.
Llamamos estoicismo o escuela estoica a la filosofía fundada por el ya mencionado Zenón de Citio, alrededor del siglo IV antes de Cristo, un mercader que, según cuenta la leyenda, perdió todo el cargamento de su barco en un naufragio. En lugar de irritarse y maldecir al destino, parece ser que el trágico acontecimiento propició que Zenón se interesara vivamente por la filosofía; en especial, por la manera de seguir una vida recta y tranquila a pesar de los vaivenes del destino. Imbuido de las enseñanzas de insignes filósofos atenienses como Estilpón de Mégara y Crates de Tebas. Posteriormente, Zenón funda la escuela estoica en el célebre pórtico o stoá que da nombre a su filosofía. El termino estoicismo proviene de la palabra helena stoá poikile. Sus ideas recogen preceptos de los cínicos, abanderados por el extravagante Diógenes de Sinop; pero Zenón va mucho más allá, especialmente en el tema de la ética, el ámbito de preferencia del estoicismo. Veamos a continuación en qué consisten sus enseñanzas.
Para los estoicos, todo se movía de acuerdo con unas leyes divinas, que imbuían el mundo de una causalidad inevitable. Por tanto, la verdadera virtud era plegarse a estas leyes, pues el ser humano carece de poder para cambiar este mecanismo eterno. Para conseguir este estado de virtud que lleva a la felicidad, el estoico debe procurar el control de sus pasiones, desórdenes que conducen al caos en tanto que se rebelan contra el orden establecido. Sólo a través de este control, ligado no tanto a una inhibición sino, más bien, a una sabiduría, el estoico puede serenar su espíritu y, por tanto, hallar la paz interior necesaria para la felicidad. A pesar de que la ética era el marco de acción preferido para la filosofía estoica, ello no quiere decir que se olvidaran de los otros temas clásicos de la filosofía griega, como la física y la lógica. Sobre la física sostenían la existencia de un fuego que alimentaba todo el universo y del que emanaban todas las cosas. Este fuego, identificado con el logos divino, era el motor primigenio y el animador de todas las causa-consecuencia. Sin embargo, esto no quiere decir que el estoico no se hiciera responsable de sus acciones. La divinidad establecía el orden de todo, pero eso no eximía al ser humano de la responsabilidad de poner en marcha uno de sus mecanismos de causalidad. Así, el tomar conciencia de los propios actos era esencial para conseguir la ataraxia y llegar, de este modo, a la serenidad del espíritu.
La principal meta del estoicismo clásico era la de convertirse en sabio. Pero ellos no entendían la sabiduría como el máximo conocimiento, sino que más bien era una especie de imperturbabilidad existencial. El verdadero sabio se mantiene incólume ante el movimiento continuo de la vida, tanto si se trata de hechos positivos como negativos. Porque la serenidad del alma no sólo se contemplaba ante un acontecimiento trágico, sino también ante uno exitoso, pues ambas cosas, la tristeza y la alegría, pueden poner en peligro la tan ansiada paz interior. Esto nos lleva al tema del suicidio, que en la filosofía estoica adquirió tintes casi heroicos. Si la virtud es la preferencia en la vida, dado que sin la vida es imposible la paz interior, y se consigue aceptando la dinámica de la naturaleza, es decir, de la propia divinidad, y efectuando un control férreo sobre los impulsos que pueden desequilibrarla, el sabio tiene derecho a acabar con su vida cuando percibe que no se le está permitiendo desarrollar esta virtud. En este sentido, el filósofo griego Sócrates, a pesar de no haber sido un pensador estoico, supuso para esta escuela un ejemplo a seguir, puesto que fue obligado por las autoridades atenienses a suicidarse utilizando una cicuta. En este caso, Sócrates no sólo ejercía su derecho a quitarse la vida, sino que también rehusaba evitar su destino, otra de las características de la filosofía estoica.
Tal y como hemos mencionado anteriormente, la filosofía estoica caló profundamente en la cultura romana. Las ideas de fortaleza del alma ante las adversidades y el espíritu austero y recto que pregonaba el estoicismo, así como su insistencia en el control de las pasiones, casaban a la perfección con la virtus romana, especialmente tras la caída de la República y el nacimiento del Imperio. De esta forma, la doctrina se extendió con gran rapidez por todo el mundo romano y dio grandes pensadores como Séneca, Epicteto y el emperador Marco Aurelio, entre otros.

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